domingo, 7 de septiembre de 2014

Pode que poidamos



José Domingo de Prada

Quen manda aquí?»
preguntei
Dixéronme:
«O pobo naturalmente».
Dixen eu:/
«Naturalmente o pobo
pero, quén/
manda realmente?»
Bertolt Brecht. 

Pode que poidamos, aínda que vai ser difícil. Quen detenta o poder xoga coas cartas marcadas, ten dobres barallas e cambia as regras do xogo, segundo este se desenvolve, se non lle gusta o ritmo que toma. Polo mesmo, a banca sempre (en)gana.
Vendéronnos que a democracia consiste no xogo limpo, na procura do ben común, incluso cun matiz utilitarista no beneficio da maioría, que é -teoricamente- quen decide. Volvéronnos a (en)ganar, pois se quedaron con todo o que puxemos, pero sen que mercaramos nada. Estivemos perseguindo unha cenoria que nos levou a dar voltas na noria que abasteceu de cubos de diñeiro a banqueiros e empresarios que manexaban (manexan) como monicreques aos políticos que xogan na «porta xiratoria».
Quen nos (en)ganou? Quen detenta o poder? A día de hoxe só hai unha resposta: quen ten cartos. Non mandan os políticos, senón que mandan os ricos. Vivimos nunha evidente plutocracia. Os que están ao fronte das corporacións produtivas, financeiras e especulativas controlan medios de comunicación ou toman decisións que son asumidas tanto polos políticos que gobernan como polos que están na oposición, e deciden sobre a nosa vida de xeito directo (impoñéndonos a realidade que eles constrúen) e indirecto (convencéndonos que esa é a realidade na que nos apetece vivir).
Todo é (en)gano -gañan eles-. Pero o peor de todo é que non temos nada que reclamarlles, todo o que nos pasa é porque así o queremos ou alomenos o aceptamos. Se nos (en)ganan é porque nos deixamos (en)ganar. Sempre se oíron cantos de sirena fraudulentos, e seguiunos o que quixo. Nestes tempos, sirenas e ‘sirenos’ políticos cantaruxan as bondades liberais como se foxen principios revolucionarios de liberación proletaria e planetaria. O novo ‘estribillo’ proclama que estamos ante a consumación dos tempos (todo tempo consumado é a realización dunha profecía), e o resultado final parece que foxe que o triunfador último é o liberalismo.
Pero aos liberais só lles interesa o seu beneficio, canten o que canten os seus voceiros, tipo Fukuyama quen coa súa teoría da «fin da historia» pretende convencernos da inevitabilidade da hexemonía do liberalismo, ou Ackerman quen pregoa a liberdade individual, aínda a costa da liberdade colectiva -como se se puidese ser libre nunha sociedade escravizada-.
Desde 1989, ano da caída do muro de Berlín e da derrota oficial dos réximes comunistas, todos os sirenos/as dan o mesmo ton: os tempos son cumpridos, vivimos no mellor dos mundos posibles e todo grazas ao liberalismo liderado e exportado polo modo de vida americano (occidental queren dicir, pero din americano).
Nestas estabamos cando nos sorprenderon mobilizacións populares que pedían democracia substantiva, directa e non adxectivada. Como toda mobilización popular pronto se desgastou e quedou reducida a cinzas. Ata que nos sorprendeu un novo partido político saído da nada, de catro espazos televisivos e uns contactos das redes sociais, con xente sen compromisos previos, sen aparato de partido, sen historia previa de poder, e disposta a mergullarse en areas movedizas con inxenuidade e sen estruturas ríxidas detrás. Aí está o reto: que consigan saír adiante e manter esa frescura de palabra e de acción que era un clamor na rúa. Pero polo que se ten visto nos últimos días, os problemas internos van ser moi fortes, se conseguen superalos, gañariamos todos ao abrirse unha nova posibilidade.
Non nos enganemos os de sempre non nos representan, porque son a voz do seu amo (o que paga manda, B. Brecht). Podemos é unha quixotada hispana, pero esta vez non se loita con muíños, senón con xigantes de verdade, provistos de sete vidas, cando menos. Se temos que perder, perdamos, e aínda que nos gañen, que non nos enganen

Publicado no Progreso o 14-6-2014

El discreto encanto de la monarquía



Carlo R. Sabariz

Siempre dijo que, como el general Custer, moriría con las botas puestas, pero los años y las cacerías no pasan en balde, incluso para el más regio de los mortales. Sí señores, como un eco reverberado de aquel señor en blanco y negro que nos anunció el deceso del generalísimo, con la misma solemnidad -y menos lágrimas-, hemos escuchado esta semana: “Españoles, el rey ha abdicado”.
Dejando a un lado circunstancias y razones concretas, esta retirada parece una prueba más de que en estos tiempos líquidos todo es volátil y efímero, los fundamentos sólidos se disuelven, las instituciones eternas se vuelven terrenales, nada escapa a la jubilación -ni siquiera el Papa. Con esta renuncia, que es al mismo tiempo una sucesión, aflora el problema siempre crucial de la legitimidad.
En tiempos antiguos, los monarcas refrendaban su legitimidad postulándose ante sus súbditos como descendientes de los dioses, o básicamente a través de la fuerza de las armas. En nuestros tiempos, estas fuentes de legitimación no han desaparecido ni mucho menos, aunque por fortuna, en nuestro entorno, la fuente reside en primer término en la ley.
En lo que se refiere a esta cuestión de la legitimidad, el caso de don Juan Carlos I es peliagudo, y creo que visto con perspectiva y a pesar de sus últimos tropiezos, es digno de elogio en cuanto a su capacidad para ganarse la confianza y el apoyo mayoritario de los españoles. Es peliagudo porque cabe recordar que, más allá de derechos históricos que la familia Borbón pudiera reivindicar, durante casi cuatro décadas el poder efectivo estuvo en manos del general Franco, y fue él quien lo eligió como su legítimo sucesor y le ofreció el marco jurídico para su coronación. Aquí encontró don Juan Carlos la ley para que los Borbones recuperaran el trono tras décadas de exilio. Lo cierto es que supo revertir ese marco de legitimidad jurídica al ceder parte de los poderes heredados y apoyar un proceso constitucional al que someterse. Es indudable que ha jugado un papel protagonista en la transición hacia una democracia en este país, y este rol, junto a su labor como diplomático, le han servido para ganarse la confianza de la gente, lo que al final viene a sostener o no la legitimidad. Siempre se ha dicho que los españoles eran más juancarlistas que monárquicos,  la institución no fue puesta en duda ni criticada durante más de tres décadas porque la familia Borbón vivió un idilio con la sociedad española -una de sus vías más importantes: las revistas del corazón. Sin embargo, el encanto y la confianza se han ido quebrando, y ello ha sucedido de forma paralela a la crisis económica, política y social que sufre España desde el año 2008. Desde aquel episodio lleno de suficiencia y virilidad del “¡¿Por qué no te callas?!”, a la imagen abatida de “Lo siento mucho, no volverá a ocurrir”, como el país, don Juan Carlos no ha dejado de sufrir achaques, físicos y espirituales.
Cuando uno se encuentra mayor y sin fuerzas, ceder el relevo a alguien más joven que además lleva toda la vida preparándose para eso, me parece una decisión sensata. Pero en un país que es más emocional que reflexivo, donde no somos capaces -o no queremos- distinguir abstractamente la institución de la persona, esta sucesión hace aflorar otra vez de forma inevitable la cuestión de la legitimidad, en este caso, sobre la figura de don Felipe.
En cuanto al aspecto jurídico, existe un vacío total en la Constitución para regular este procedimiento. Pero no pasa nada, la maquinaria del gobierno se ha puesto en marcha y van a sacar una Ley Orgánica express. En quince días la tienen preparada. No sabemos si este vacío en la Constitución responde a la lógica española de funcionar a golpe de mata, o ha sido una reforma que intencionadamente no se ha querido llevar a cabo. En estos momentos no hay problema porque PP y PSOE suman el 80% de los parlamentarios, pero ¿qué podría pasar dentro de 2 ó 6 años si se confirma el avance de los partidos de izquierda? Esto nos hace pensar que detrás de la sucesión hay también una razón estratégica, aprovechar que el parlamento es ahora favorable y evitar así que en tiempos venideros un hipotético reparto de fuerzas -con mayor peso de los partidos pujantes de izquierda y los partidos nacionalistas- hiciera inviable su tramitación y por lo tanto su habilitación jurídica, todo un colapso para la monarquía.
Una vez que a todas luces el príncipe Felipe se convertirá en Felipe VI y salvará sin problemas este escollo jurídico, le quedará entonces ganarse la confianza. Que haya repuntado el debate entre monarquía y república es natural, creo que convocar un referéndum sería una prueba de salud democrática, y si además Felipe está, como dice, comprometido con los valores democráticos, debería de aceptar de buen grado este plebiscito y así, o dejar paso, o asegurarse una legitimidad confiable.

Publicado no Progreso o 7-6-2014

domingo, 8 de junio de 2014

A velocidade do futuro



Juan Carlos Fernández Naveiro

Europa parece encamiñarse a xestionar o seu declive no sistema-mundo cun regreso ao taboleiro de xogo da xeopolítica. O euroescepticismo apunta a una renacionalización do poder que non exclúe a súa integración nos fluxos da hiperglobalización, pero si parece excluir os principios do idealismo democrático. Retornan vellos demos como a obsesión por fixar as identidades colectivas a un territorio, e xurden novos demos na propia dinámica imparable dos fluxos globais, que revelan a impotencia da política. Mentres, as agullas corren por outras latitudes.
A dialéctica das zonas de influencia, das soberanías rivais e dos intereses ameazados dificultan calquera construción política inclusiva, pero a pesares da impotencia macropolítica propia dunha época imperial, e tamén das limitacións da experiencia micropolítica que se privilexiou en anos de ‘movementos sociais’ que non deron conformado una nova visión ideolóxica, a pesares do todo iso, o pensamento non pode dimitir desa función constructiva respecto da convivencia social que tivo desde o seu inicio; porque sabemos que o prezo de desentenderse da política -dicía Platón- é ser gobernado polos máis mediocres.
Vaiamos pois: para construír alternativas (ou facer revolucións) hai que deslindar o que debe ser conservado e o que debe ser transformado. Destes anos de crise global tería que quedar clara a necesidade de cambiar alomenos en tres aspectos: primeiro, que os intereses económicos das grandes corporacións deixen de ser os que marquen as liñas de actuación política; segundo, que as democracias necesitan revitalizarse, favorecer cauces participativos e dotarse dunha nova lexitimidade; terceiro, que é preciso contrarestar a colonización xeral da existencia pola razón instrumental. Tres eixos por tanto de intervención, na economía, na política e na cultura, que contribuirían a debuxar as liñas dun futuro posible.
No lado do que hai que conservar: os mínimos vitais da singularidade humana. Nun mundo de cambios acelerados que poden poñer en cuestión a propia supervivencia hai que ter claras as prioridades, e entre elas é preciso, primeiro, un conservacionismo das condicións vitais da biosfera; segundo, un respecto pola diversidade das culturas humanas; terceiro, o mantemento das conquistas históricas que deron lugar a un modelo social europeo (será posible facer del un «tesouro da humanidade», como lle chamou Lula da Silva?) Por tanto, natureza biolóxica, especificidade antropolóxica e progreso histórico como vectores de conservación que nos vinculan ao pasado.
Xa Marx advertira que a expansión mundial do capitalismo arrumbaba os modos tradicionais de vida; é o efecto disolvente da velocidade do capital, pola que «todo se esvaece no ar». Pero nun mundo que aspire a ser pos-colonial temos que resistirnos a perder os saberes e as estratexias vitais das sociedades tradicionais, temos que aprender delas. A globalización do influxo cultural moderno fai da humanidade un inmenso laboratorio antropolóxico, a aínda que nos pensemos no cibermundo no fondo somos como ese papúes asustados que contactaron por vez primeira coa civilización moderna cando os holandeses chegaron a Nueva Guinea en 1938 (cóntao Jared Diamond, con fotos, en ‘El mundo hasta ayer’, último Premio Pulitzer, que subtitula precisamente: ‘Qué podemos aprender das sociedades tradicionais?’)
E no outro extremo do arco civilizatorio, a imparable aceleración histórica do capitalismo. Na base tamén está Marx: a idea de que o capitalismo tende a traspasar os límites e a amplialos indefinidamente. É a «desterritorialización capitalista» (Deleuze/Guattari), que descodifica tanto ao traballo e ao traballador (reconvertido en precariado) como ao diñeiro (reconvertido en capital financeiro). Liberación dos fluxos que desfán os vellos códigos sociais e «esquizofrenizan» á sociedade; constitución dunha axiomática máximamente flexible, sempre preparada para adaptarse a novas circunstancias (totalitarismos, capitalismo de Estado nos países que se chamaron socialistas, estados de benestar occidentais, o modelo autoritario do capitalismo chinés…) e para expandir así os seus límites: pura velocidade de circulación de capital, de traballo e agora tamén de datos nas ‘autopistas da información’.
Esa ampliación constante anula calquer ‘afora’ do capitalismo; como dícía Jameson -e repite Zizêk- «é máis fácil imaxinar a fin do mundo que a fin do capitalismo». Por tanto, dentro da lóxica marxista da agudización das contradiccións levando as forzas productivas ao seu límite, cabe que para saír do capitalismo só quede acelerar o proceso, levalo ao extremo, e consumar o destino inevitable da súa obsolescencia. Son as teses chamadas ‘aceleracionistas’ (por exemplo, de Nick Land), que pretenden extremar as condicións do capitalismo e conflúen así co máis extremo neoliberalismo -que para realizarse precisa dun espazo ‘off shore’ fóra de toda regulación política (os paraísos fiscais como condición para a circulación do capital), ou proclamar directamente a obsolescencia do humano, como dicía Günther Anders a propósito do programa nazi.
Por tanto non se pode menosprezar a potencia do sistema nin pensar que con ser antisistema xa hai un programa. É difícil saír do sistema-mundo, desaparecer da rede (supoñendo que sexa unha posibilidade).
Máis tamén cabe un aceleracionismo con aspiración de programa político e talante de esquerda (ver ‘Manifiesto por una política aceleracionista’, de Alex Williams e Nick Srnicek), que buscaría coa aceleración tecnolóxica non o delirio da desregulación total senón unha reprogramación social acorde co mundo das redes. Todo moi incerto aínda, cuestión de vectores e velocidade; e cunha dificultade engadida: que para construir un novo suxeito político e ter perspectivas de superar o sistema sería preciso chegar a un extremo do capitalismo máis aló do que… a verdade é que non hai maneira de encher aínda ese puntos suspensivos. Hai que acudir de novo a Jared Diamond, que nos ilustrou nun famoso libro anterior sobre as variadas razóns, económicas e tamén ecolóxicas e culturais, que levaron ao ‘colapso’ a distintas civilizacións. Aí chegamos, á desaparición final dun longo ciclo histórico e quen sabe se humano, pero ese é o taboleiro de xogo das loitas futuras. O que nos xogamos de aquí a poucas décadas.

Publicado no Progreso o 31-5-2014

Por que non podemos vivir en paz



María Isabel Sánchez Corral

Unha alumna de segundo da Eso en clase de Educación para a Cidadanía remataba un exercicio coa seguinte frase: «Ningún país respecta os dereitos humanos». Esta era a conclusión dun pequeno traballo que o alumnado realizou buscando en prensa noticias nas que se manifestase a conculcación dos dereitos humanos. Á cabeciña de todos eles viñan múltiples exemplos que cada día se dan en todo o mundo, no noso país, nas súas familias: paro, desafiuzamentos, enfermidade, corrupción, recortes, impunidade, concertinas... Tocou o timbre cando outro alumno, algo confuso por unhas imaxes que vira na televisión sobre Ucrania, se preguntaba: por que non podemos vivir en paz?
Ese día tiven sorte, foron eles os que me deron a entrada na seguinte clase de 2º de bacharelato. Unha clase feminina, non porque no meu centro público se segregue senón porque as rapazas, moito máis numerosas nas aulas, aínda ven na súa formación unha saída á súa condición de desiguais. A elas lanceilles a pregunta, pero ante as súas poucas ganas de contestarme, pois supoñían que tiña trampa, as introducín naquel tratado ‘Sobre a paz perpetua’ que Kant publicara en 1795 seguindo unha idea que preocupaba na época, como rematar coa guerra.
Kant, como bo ilustrado, cría que a razón mesma podía realizarse na política desenvolvendo a paz. Isto traería consigo a solución á suposta incompatibilidade entre moral e política. Para o filósofo habería unha falsa discrepancia entre ambas as dúas, que se solucionaría actuando de acordo coa moral, polo tanto non habería dilema entre teoría e práctica. Enunciando o principio de publicidade sería moito máis doado: se non se poden facer públicos os propósitos dunha acción, entón a máxima que a xustifica é inxusta, polo tanto contraria a dereito.
Os bocexos ao enunciar este principio rematáronse, o cal me deu pé a enumerar unha serie de pasos que o autor achegaba aparte da formulación inicial. O proceso se tería que dar dentro dunha federación de Estados onde cada un deles garantise o Estado de Dereito, cunha constitución republicana que asegurase a liberdade e a igualdade dos seus cidadáns. Por suposto cunha mesma lexislación ao respecto.
A atención máxima veu cando recalquei algo de suma importancia dentro da idea kantiana de paz, que ningún Estado debe inmiscuirse pola forza na constitución e goberno doutro, ademais de que «ningún estranxeiro debe ser tratado hostilmente ao chegar aos territorios doutros», a idea é construír un concepto global de xustiza ancorado nun férreo cosmopolitismo.
Kant sabía que nada pode obrigar aos Estados a asinar unha paz duradeira, pero confiaba en que a vivencia da guerra traería o balance entre os beneficios e os custos, inclinándose a balanza cara aos segundos; sobre todo porque para o filósofo o cidadán toma un papel activo como colexislador e sen o seu consentimento non se podería facer a guerra.
Utopía ou modelo realizable? As miñas alumnas algo entusiasmadas decantáronse por modelo realizable. Ante o meu asombro tiven que asentar os seus pés na realidade, pasando de puntillas pola Guerra de Golfo e a guerra de Iugoslavia ( elas non naceran e pouco sabían destas, aínda que unha fose aí mesmo, á volta da esquina). Aínda así comentei que a Europa dos anos noventa parecía retomar a idea da paz cunha ONU mellorable, en contraste coa visión dos EE.UU. «como líder da paz» pero cun programa imperialista.
O trascurrir dos anos mostrounos unha Europa que aparcaba a paz perpetua para asumir a paz Imperial. Unha vez que entramos no século XXI os cidadáns démonos conta que eramos pouco libres, menos iguais e nada colexisladores. Á cidadanía non se lle consulta, non vaia a decidir un «Non á guerra» dándolle a razón ao filósofo sobre o progreso moral da especie que non renuncia aos seus principios por remotos que parezan. Moi ao contrario a nosa élite mandataria alíñase co Imperio da Paz, aplaudindo as distintas intervencións en países árabes, poñendo e quitando, agora desestabilizando en Venezuela agora mandando 5.000 millóns de euros a Ucrania.
Está claro que EE.UU. nin segue o principio de non intervención noutro país nin o de publicidade defendidos por Kant. Este país non adoita facer públicas as súas intencións ou se o fai, é polo ben de todos. Se nolas dixesen, as intencións, tería que ser algo así: necesitamos o petroleo de Venezuela, interésanos (á Otan tamén) a situación xeoestratéxica de Ucrania co segundo exército máis grande de Europa e tapar a saída ao mar mediterraneo a Rusia; tampouco nos gustan esas amizades entre Alemaña e Rusia co seu acordo sobre o gas, temos que vender o que sacamos do fracking e por suposto o que produce a nosa industria armamentística (para os americanos a balanza inclínase do lado do beneficio pero do dólar non da paz); e en Thailandia... o Imperio da Paz chega a calquera lugar do mundo.
Xa dixo Kant que é doado que un líder da paz se converta nun déspota imperialista. Non será Obama o que empece a practicar o principio de publicidade aínda sendo premio Nobel da Paz...
Con esta dose de realidade aplaquei, ao meu pesar, o entusiasmo das miñas alumnas. Pero a filosofía ha de ser crítica, radical, emancipatoria, utópica... se quere ser filosofía.
Comentamos que o filósofo fundamentaba a paz perpetua na orde xurídica máis que na bondade das persoas. Entón por aquilo de seguir o currículo comentamos que Kant non coñeceu as ideas de Marx nin a súa tese básica do materialismo histórico: en cada época a infraestrutura condiciona a superestrutura, a produción material condiciona a orde xurídico-político e a ideoloxía.
Así rematamos, co profesor de física esperando á porta.

Publicado no Progreso o 24-5-2014