sábado, 9 de junio de 2018

Violencia cotiá


José Domingo de Prada

É coñecido de todos o apotegma de Clausewitz “a guerra é a continuación da política por outros medios”. Se se dá certa credibilidade ao militar e historiador prusiano descóbrese que esa continuidade ten como nexo común a violencia. É esta última quen sustenta os dous tipos de accións, manifestándose de forma dispar segundo se trate dun caso ou doutro, pero efectivamente atopándose na base de ámbalas dúas.
Na guerra a violencia é explícita, explosiva, fere fisicamente, provoca náuseas, ensucia. Na política, en cambio, é implícita, agochada baixo formas corteses; procúrase acuosa (esvaradía, inodora e ata insípida) e, sobre todo, allea.
Nas nosas sociedades actuais non entendemos a guerra, porén, desprezamos a violencia física, pero non por iso nos opoñemos ao dano e ao dolor fáctico do outro, pois disimulamos ou directamente admitimos a violencia política. Aínda máis, como advirte o filósofo Slavoj Zizec estamos rodeados dun tipo de violencia que non vemos porque se dá como violencia sistémica, é dicir, como violencia inevitable para o funcionamento das sociedades e das institucións. Así, esta violencia sistémica é asumida polos suxeitos e pasa a ser natural e invisible; como tal, desde ese mesmo instante, ninguén se enfrontará a ela e pasará a constituír o noso marco de referencia, pois está tan integrada na paisaxe da nosa vida que a súa detección fica unha tarefa de heroes.
Vivimos nunha distopía de estilo orwelliano, na que se expresan violencias extremas que non necesitan torturas nin guerras, senón que se manteñen e propagan a través da violencia do desexo, da linguaxe ou do esquecemento. Estas formas de violencia son as máis difíciles de recoñecer e, polo mesmo, aquelas ante as que quedamos indefensos e inermes con máis facilidade. Hai máis de medio século Theodor Adorno reflexionaba sobre como a aparencia de racionalidade das sociedades burguesas se fundamenta na “incesante inxustiza mediante o dereito” e igualmente advertía sobre a amnesia histórica ou a degradación da linguaxe en xerga. Todos estes elementos violentan as sociedades de forma paulatina e atrofian a reacción, xa que nos acomodamos a esta violencia que se va instalando a través da ideoloxía ata facerse sistémica.
O despotismo actual actúa sobre nós, cidadáns das democracias occidentais, violentando a nosa percepción da realidade a través de prexuízos, normalidades impostas, conformismos, desexos e sobre todo, intereses. Esta é a violencia coa que convivimos, a que caracteriza este comezo do século XXI, a da imposición de intereses. Cada quen loita, (vale dicir nunha guerra sen cuartel) para impoñer o seu interese específico, o do seu grupo e á vez derrubar o dos outros. É paradigmático neste senso, a loita por impoñer o desexo particular como interese xeral e así presentalo como lexítimo.
É tal a invasión de intereses nas nosas sociedades que poderíamos remedar a Clausewitz e dicir que hoxe “a economía é a continuación da guerra por outros medios”. Queda así a política nun terceiro plano, e en posición subordinada respecto da guerra e da economía. Ao mesmo tempo esta última pasa a ser unha mera contraposición de intereses.
Que lonxe aquel “oikos” que vixiaba a boa administración do fogar! E, que perdidos na violenta guerra crematística dos intereses de todo tipo e de todos contra todos!

Publicado no Progreso o 9-6-2018

miércoles, 30 de mayo de 2018

Políticas de la ficción



Juan Carlos Fernández Naveiro

Es muy conocido que lo real puede superar a la ficción en dosis de inverosimilitud, lo que es más insólito es que sea la ficción la que provea a lo real de sus propios argumentos. Cuando hechos como la operación “Nécora” ocurrieron hace más de una década y pocos habían leído el espléndido libro de Nacho Carretero, una serie de televisión desencadena hechos como el secuestro del libro “Fariña”, amenazas de querella por alguna escena subida de tono y agresiones por viejas disputas que se reavivan, incluso llega al Parlamento gallego el tema de las conexiones de los narcos con la Xunta de la época de Fernández Albor. Nada mejor que un buen guionista para arrojar luz sobre hechos nunca del todo aclarados.
Y es que la ficción puede contener más verdad que una tosca historia real. Somos animales con instinto poético a los que nos gustan los chismes y las imposturas, y somos capaces de sucumbir por cualquier nadería, como Cristina Cifuentes ante el olor de unas cremas. Otro caso de impostura fruto de la ambición que la llevó a crearse un personaje a su medida y defenderlo en los medios, en sede parlamentaria y donde hiciera falta, aunque la puntilla la haya llegado por el episodio bochornoso del vídeo, dentro de la guerra sucia que infecta al partido gobernante en Madrid.
Pero una cosa es la ficción que enriquece la complejidad del ser humano y otra la manipulación de lo real que alcanza su paroxismo en la era de las redes y las fake news. Entre explorar las fronteras de lo verosímil y producir noticias o vídeos con intereses políticos espurios hay una gran diferencia en la que el discurso político parece hallarse en su elemento. La política huye de la complejidad, su terreno es el de los bandos bien definidos que después funcionan como camarillas, cuando no como mafias.
Es el maniqueísmo de las ideologías que suele contaminar el debate nacionalista, impidiendo cualquier mediación, como ocurre en Catalunya, hoy en día el paraíso de la política de la ficción. Nadie podía imaginarse hace unos meses las peripecias transeuropeas y demás golpes de efecto del proceso independentista. Es como la vieja historia del aprendiz de brujo, una criatura que adquiere vida propia y se desgaja de su creador. Nadie en su sano juicio hubiese dado credibilidad a la suspensión de la autonomía catalana y el encarcelamiento de sus máximos dirigentes, como tampoco al desprecio de la oposición en Catalunya y la estrambótica declaración unilateral de independencia, en una partida que fue elevando la apuesta entre los valedores del procés y el rearme del nacionalismo español. Hay que reconocer que no se ha escatimado ingeniería, como la investidura que quiso ser telemática y al final fue solo provisional; pero el resultado de estos meses ha sido la realimentación mutua de la pelea de gallos nacionalistas y el achique de espacios para una solución inclusiva. Malos tiempos para la transversalidad.
Y desde que Tabarnia apareció en escena la política de la ficción muestra su lado grotesco, como las caricaturas que muestran una verdad incómoda a fuerza de exagerar y deformar lo real. Albert Boadella pertenece a la estirpe de Coluche, que estuvo en los inicios de la carrera presidencial francesa de 1981, o el italiano Beppe Grillo, impulsor del Movimiento 5 Estrellas, un actor ahora decisivo de la política italiana, bufones ilustres a los que siempre conviene escuchar con atención.
Con esto de Catalunya a mí me da la impresión de que lo que se está convirtiendo en ficción es el principio democrático. Asistimos a una disputa de legalismos inmunes a lo real, el rule by law que denunciaron el pasado octubre en una carta abierta a los líderes europeos un elenco muy significativo de intelectuales, como Philip Petit, Yanis Varoufakis, Toni Negri, Judith Butler, Etienne Balibar, Arjun Appadurai o Nancy Fraser, gente de muy diversa condición y nada sospechosos de deberse a ningún bando en las disputas domésticas.
Si la presión de la opinión pública puede hacer que se plantee la inadecuación de la ley a la sensibilidad actual (véase el caso de la sentencia de ´la manada´), no se entiende que en el caso catalán no haya espacio para el mismo argumento, y, en lugar de articular mecanismos que permitan redefinir el espacio o incluso el sujeto político, se juega a un populismo de conveniencia que solo atiende a “el pueblo” cuando interesa al bando de los propios y a la defensa de posiciones de poder. Se usa “el pueblo catalán” para referirse a la posición de solo una mitad de la población (¿y la otra qué?), y se usa “el pueblo español” para impedir de raíz todo cuestionamiento del sistema. Unos dan por sentado qué sea el pueblo, y otros escamotean ese asunto de fondo, pero unos y otros usan el pueblo como si fuera una ley divina, y olvidan el humilde origen instrumental del concepto de “demos” en los griegos, con el que el antiguo Clístenes ideó un procedimiento para mezclar poblaciones de origen diverso y asignarla a unidades de nuevo cuño, por tanto una construcción humana artificiosa e imaginativa con una finalidad práctica clara, que era sobreponerse al conflicto de los intereses particulares y fundar una pertenencia común.
El pueblo, la más poderosa ficción de los tiempos modernos, pero falta todavía transformarla en verdad.

Publicado no Progreso o 26-5-2018

miércoles, 2 de mayo de 2018

Masculinidade e poder


Mar Carballo Cela

Na nosa tradición cultural, xa desde Grecia, a cidadanía foi sempre masculina, unha cidadanía caracterizada polos valores que o patriarcado lles asigna ós homes, marcando unha importante diferenza cos valores femininos. Eles, representantes da racionalidade, apropiáronse do público; e elas, puramente emocionais, quedaron relegadas ó ámbito privado, habitando estes espazos con maneiras de ser ben diferenciadas: as mulleres como coidadoras, submisas, doces, pacientes e comprensivas, tal e como corresponde a un reconfortante contorno familiar; os homes, valentes, dominantes, competitivos, arriscados e, a miúdo, solucionando violentamente os conflitos, tanto sociais como persoais. Estes últimos serán, polo tanto, os valores hexemónicos no espazo político, un espazo no que non teñen cabida as emocións -síntoma de debilidade-, coa triste consecuencia de que aínda hoxe nos pareza normal a guerra ou as atrocidades que seguen acontecendo, xustificadas pola necesidade dunha autoridade puramente racional, fría, e sen concesións, como é de esperar dun home. É o resultado  de continuar educando nun tipo de masculinidade afastada da sensibilidade, e que seguimos admitindo como natural. E se as mulleres se achegan ó espazo público, normalmente asumen este patrón de comportamento, confundindo a igualdade coa asimilación ó modelo dominante.
Cando se fala de xénero adóitase pensar nas mulleres, e poucas veces se centra o debate na maneira tradicional de ser home e na súa negativa influencia, tanto no eido persoal como no social e político. A necesidade de socializar en novas masculinidades é unha urxencia á que se lle presta pouca atención. A boa nova é que cada vez hai máis homes preocupados por este tema, que tomaron conciencia e queren poder ser homes sen a camisa de aceiro que os mantén atrapados impedíndolles ser eles mesmos, esa “mística da masculinidade”, como di Octavio Salazar, que os fixo escravos (“Maculinidades y ciudadanía” , Dykinson, Madrid, 2013); porque o rol masculino hexemónico ten aspectos prexudiciais non só para as mulleres, senón tamén para os propios homes e a sociedade no seu conxunto.
É necesario promover mediante a educación virtudes cívicas liberadas dos estereotipos patriarcais asignados ós varóns para exercer a actividade pública. Hai que desmontar a masculinidade dominante que impregna o poder e educar ós homes na cultura da sensibilidade, dos coidados, da paz; inculcarlles que se pode ser home sen ter que demostrar temeridade, agresividade ou competitividade. Hai que educar por igual a homes e mulleres en novas identidades que potencien o mellor da nosa humanidade, para convivir no público e no privado. Novos modelos, cos que poder identificarnos, para unha nova época.
Isto é o que propón o feminismo. O feminismo non é un asunto de mulleres, é a teoría explicativa dun sistema social que dominou a historia humana, e que nos axuda a comprender o que hoxe somos como individuos e como sociedade: o patriarcado. Un sistema incapaz de prescindir da violencia como instrumento inherente ó poder, e que continúa socializando ós nenos en xogos para competir, pelexar e destruír dun xeito tan natural, como se iso fose a esencia propiamente masculina: o que chaman virilidade. Non hai máis que botar unha ollada ó cine, ós videoxogos ou a moitos programas televisivos para decatarse de que os modelos patriarcais seguen de plena actualidade. E non esquezamos que o que se interioriza na infancia e na adolescencia marcará o futuro da nosa sociedade.
A democracia esixe inculcar valores que nos axuden a tomar decisións xustas, sensibles ante situacións precarias e discriminatorias de todo tipo. Sen cidadáns virtuosos a liberdade perde o seu sentido de ser. Debemos entender a liberdade que nos ofrece a democracia, como dicía Camus, como unha oportunidade para ser mellores. Non podemos avanzar cara a paz e a xustiza social co lastre de anacrónicos modelos de masculinidade asociados ó poder.

Publicado no Progreso o 28-4-2018